Casa Guadalupe, propuesta de HANGHAR, es una vivienda industrializada de estructura metálica situada en Asturias, en un entorno próximo al mar. El proyecto parte de un encargo con un uso previsto relativamente limitado —la propiedad reside en San Francisco y quería pasar los veranos en Asturias con su familia y alquilar la casa durante el resto del año— y se convierte en una experiencia de aprendizaje sobre la construcción off site. La vivienda no se plantea como un producto repetible, sino como un proyecto específico resuelto mediante un proceso de industrialización.

Fotografía: Rory Gardiner
En esta conversación, Eduardo Mediero explica cómo el proyecto pasó de una documentación desarrollada con criterios de construcción tradicional a una definición apta para taller; qué condicionantes introdujeron el transporte y la elección de los módulos; y por qué, a su juicio, el futuro de la industrialización no está en repetir una forma, sino en aprender a organizar procesos capaces de producir arquitecturas ajustadas a cada lugar.
Tectónica: ¿Cómo surge Casa Guadalupe y qué condiciones de uso debía atender la vivienda?
Eduardo Mediero: Casa Guadalupe es un proyecto para una clienta arquitecta formada en la Politécnica, aunque nunca quiso dedicarse profesionalmente a ejercer la arquitectura. Vive en San Francisco y quería una vivienda en Asturias para pasar los veranos con su familia y alquilarla el resto del año. No iba a ser, por tanto, una casa de uso intensivo, y esa condición era importante a la hora de organizar la distribución interior.

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Fotografía: Rory Gardiner

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Fotografía: Rory Gardiner
Tectónica: ¿Por qué se decide abordar el proyecto mediante prefabricación y construcción en seco?
Eduardo Mediero: Había un interés previo de la propiedad y también un interés personal por intentar trabajar de esa manera. Yo tenía muchas ganas de hacer una arquitectura prefabricada por ideología: por querer que el sector de la construcción cambie –que está cambiando–. Decir que el sector de la construcción no ha innovado sería una cosa muy reductiva, pero es verdad que es un sector al que le cuesta modificar procesos.
En nuestro caso, era la primera vez que iba a industrializar algo y todos éramos bastante noveles en este tipo de procesos. Desde el comienzo, esa posibilidad llevó a plantear una distribución, una volumetría y una colocación de los huecos de fachada bastante seriadas, con separaciones entre módulos y ventanas muy parecidas, aunque no perfectamente iguales.
La casa, sin embargo, no está industrializada: está prefabricada. El proyecto de ejecución se desarrolló inicialmente como construcción tradicional. Después se licitó tanto a empresas constructoras convencionales como a varias empresas de prefabricación, tanto de sistemas de acero como de hormigón o madera, aunque el proyecto se había diseñado en metal.

Fotografía: Rory Gardiner

Planta. Ver ampliación
Al final la empresa que ha desarrollado el proyecto no es un taller sino una empresa comercial que diseña sus propios modelos y subcontrata la fabricación, o trabaja mediante acuerdos de exclusividad con determinados talleres.
El mercado asturiano está muy tensionado: hay mucha demanda y poca oferta. Las constructoras están saturadas, los precios han aumentado mucho y existía bastante incertidumbre sobre quién podía construir, en qué plazos y de qué forma. En este panorama esta empresa nos daba mucha seguridad; hizo de intermediaria y también asumió una labor de consultoría importante. Se dio el caso de que uno de los talleres con el que nosotros habíamos contactado para prefabricar la casa, nos rechazó, pero luego fue el taller que acabó haciendo la casa a través de la empresa, que es su cliente. Esto ha supuesto un sobrecoste para la propiedad, pero seguramente sin ellos no habríamos podido llevar el proyecto.
El taller construye los planos que recibe, pero para eso necesita una documentación constructiva adaptada a algo prefabricable: medidas, dimensionado de la estructura, encuentros y demás decisiones que no pueden quedar abiertas. El taller es una constructora. Todo el proceso de traducción del proyecto en términos prefabricables lo hizo la empresa intermediaria. En realidad, ellos no construyen viviendas de otros y creo que ha sido la primera y la última vez que lo hacen porque a nivel comercial prefieren potenciar sus propios diseños y por la involucración que exige un proyecto de estas características.

Alzado sur. Ver ampliación

Fotografía: Rory Gardiner
T: ¿Qué aprendisteis de ese primer proceso de ‘traducción’ a un proceso de industrialización?
EM: En Casa Guadalupe desarrollamos todo el proyecto de ejecución con criterios de construcción tradicional y después volvimos a hacer el proyecto de ejecución para la prefabricación. Trabajamos dos veces, lo que fue una barbaridad. La principal enseñanza ha sido que los actores que van a fabricar o a industrializar el proyecto tienen que incorporarse desde el principio.
Ahora estamos incorporando a esos actores mucho antes en otros proyectos. Se trata de contar desde el inicio con el conocimiento de cómo se va a fabricar, transportar y montar. Eso permite tomar decisiones con tiempo, en lugar de traducir al final una arquitectura ya completamente definida.

Fotografía: Rory Gardiner
T: Has señalado que la construcción de la casa no incorpora una innovación constructiva radical, ¿en ningún sentido?
EM: A nivel constructivo, la innovación es prácticamente cero. Son vigas soldadas y panel sándwich, con uniones en seco, que ya se hacían en las case studies de los años cincuenta. La imagen de la casa prefabricada transportada por una grúa es muy antigua.
El interés está en organizar el proceso de una manera concreta y en construir fuera de la parcela.
La gestión de la obra es uno de los aspectos que más valoro en la construcción prefabricada como arquitecto. Las conversaciones sobre el proyecto y la obra son con ingenieros, aparejadores, otros arquitectos… El plan se cumple: si las ventanas se montan en la semana 14, se montan en la semana 14, no hay margen para replantear.
En Asturias, además, trabajar en taller evita que la lluvia interrumpa continuamente la obra. Si se acumula una semana de lluvia, en una obra convencional puede ser una semana sin avances. Al mismo tiempo, este procedimiento obliga a tener muy pensado el proyecto antes de empezar a montarlo.
El sistema te hace cambiar como arquitecto.
T: ¿Qué significa eso para la definición del proyecto?
EM: Hay que entregar la documentación con un nivel de pensamiento mucho mayor. No basta con imaginar la obra de manera general; hay que recorrer mentalmente cómo se montan todos los oficios para que no se escape ningún encuentro: el encaje de la barandilla, cómo remata la chapa…. En una obra tradicional puedes terminar de resolver ciertos detalles más adelante. Aquí hay que anticiparlos porque la fabricación ya está en marcha.

Fotografía: Rory Gardiner

Sección transversal. Ver ampliación
T: ¿Cómo se produjo el paso desde el proyecto de arquitectura hasta los planos de fabricación y montaje?
EM: Nosotros entregamos el proyecto en CAD, que es como lo habíamos desarrollado. Después hubo un proceso muy intenso de intercambio de información en el que la empresa y el taller fueron traduciendo el proyecto a sus propias medidas y a su sistema de trabajo.
La persona con la que trabajábamos utilizaba un software tridimensional específico en el que construía todo el proyecto. El taller tenía que reconstruir y verificar el proyecto dentro de su propio sistema. Ese intercambio fue, en la práctica, la consultoría técnica necesaria para convertir el proyecto desarrollado en AutoCAD en una documentación de fabricación.

Colocación de los módulos sobre la plataforma de perfiles de acero.
T: ¿Qué condicionantes introdujeron el transporte y el montaje de los módulos?
EM: Al principio intentamos cortar el proyecto en sentido longitudinal, pero no fue posible y acabamos cortándolo transversalmente. Eso multiplicó mucho el número de módulos. La dimensión de corte quedó condicionada por el ancho útil del camión.
Un problema que surgió en esa ‘traducción’ del proyecto fue que a la empresa de prefabricación le convenía que toda la sección de la casa, desde la cumbrera hasta el forjado, fuese una única sección. El problema era que esa sección no cabía bajo los puentes. Para que cupiera habría que haber hecho una cubierta con una forma muy rara, como chata. Pero esto no estaba definido en el proyecto de prefabricación y tuvimos que defender que la sección de la casa era la que nosotros habíamos diseñado.

Los módulos base se van uniendo uno junto a otro hasta completar el conjunto.
Finalmente, se mantuvo la sección de la casa y se dividió el conjunto entre los módulos base y la cubierta; es decir hubo que duplicar el número de módulos. Para el taller eso significaba más piezas, más trabajo y más carga de fabricación…, pero aun así merece la pena. Es un equilibrio en el que tienes que decidir entre eficiencia y proyecto. La solución más eficiente para el taller no siempre es la que mejor responde a la arquitectura.

Sobre los módulos base se van situando los módulos de cubierta.
El transporte no es una cuestión secundaria. La dirección de corte y las dimensiones admisibles del camión introducen condicionantes que hay que incorporar al proyecto. No se trata de dibujar una casa y después dividirla, sino de decidir desde el principio cómo se adapta el conjunto a esas condiciones.
Por ejemplo, elegimos un sistema de suelo en seco, con linóleo o material vinílico, para evitar los suelos húmedos. La propiedad quería una superficie continua, parecida al microcemento, pero eso habría obligado a ejecutar ese acabado en la parcela. La elección del material estuvo relacionada con la posibilidad de terminar la casa en taller y llevarla a obra con la menor cantidad posible de trabajos húmedos.
No lo entiendo como una limitación, sino como un condicionante. Todos los proyectos los tienen. El material que se puede transportar, la dimensión de una placa o la posibilidad de subir un elemento por una escalera también condicionan una obra convencional. En la prefabricación esos condicionantes se hacen más visibles y hay que incorporarlos de forma explícita.

Los módulos se unen en seco, por medio de tornillos y tuercas, permitiendo un posible desmontaje de la vivienda.

Secciones constructivas: vertical y horizontal. Ver PDF (sólo para suscriptores con plan premium)

Fotografía: Rory Gardiner
T: ¿La empresa tiene una serie de proveedores fijos o tienes libertad de proponer soluciones específicas?
EM: Depende. El suelo vinílico lo trajimos nosotros, pero las ventanas o el panel sándwich estaban especificados porque el taller trabaja con unos proveedores habituales a gran escala y pueden ofrecer un precio mejor.
La elección final depende de los acuerdos y de la capacidad de compra de cada actor.
T: ¿Cómo cambiaríais esa relación en futuros proyectos?
EM: En los siguientes proyectos intentaremos trabajar directamente con el taller, sin duplicar los canales de comunicación.
Aun así, el proceso que ha habido en Casa Guadalupe ha sido muy útil; la empresa intermediaria fue un gran aliado para nosotros y nos ha dado la confianza para abordar otros proyectos directamente con talleres, aunque la confianza no equivale todavía a tener todo el conocimiento.

Alzado oeste. Ver ampliación

Fotografía: Rory Gardiner

Planta con secciones constructivas. Ver ampliación (sólo para suscriptores con plan Premium).
T: Si volvieras a iniciar Casa Guadalupe, ¿qué cambiarías?
EM: Incorporaría mucho antes a la empresa que fuera a industrializar o fabricar el proyecto. Al final trabajamos dos veces. Dependiendo de los servicios que ofrezca, puede ser el propio taller, si tiene departamento técnico, o una empresa de ingeniería e industrialización que ayude a definir el procedimiento.
Estas empresas pueden estudiar desde el comienzo qué sistema constructivo conviene, cómo se transportan los elementos y qué talleres tienen capacidad para fabricar y montar en el lugar de la obra. En un proyecto de residencia de estudiantes que se comentaba durante la conversación, por ejemplo, se estudió sustituir los módulos tridimensionales por elementos paletizados en dos dimensiones, para montarlos junto a la obra y reducir costes y operaciones de transporte. Ese tipo de análisis forma parte del diseño del proceso y no suele poder hacerlo por sí solo un estudio de arquitectura.
En otros proyectos que estamos desarrollando, la empresa de industrialización se incorpora cuando la distribución y la estrategia general están suficientemente definidas, pero antes de cerrar toda la documentación. Así puede ayudar sin sustituir las decisiones arquitectónicas.

Fotografía: Rory Gardiner
T: ¿Se puede repetir el sistema utilizado en Casa Guadalupe en otros proyectos?
EM: Lo que se puede repetir es el proceso, no el sistema entendido como un producto.
La industrialización debe entender que construir fuera de la parcela implica determinados condicionantes. Si se diseña para una casa en medio de los Pirineos una viga de treinta metros y no puede transportarse por carretera, habrá que cortarla. Lo mismo ocurre con cualquier elemento que tenga unas dimensiones o un peso determinados. La arquitectura siempre trabaja con condicionantes; la cuestión es incorporarlos al proceso desde el principio.
El futuro no consiste en entender la arquitectura como un producto replicable, sino en utilizar los sistemas y procesos de la industria para construir arquitecturas específicas para cada lugar. En los proyectos que estamos desarrollando ahora de viviendas industrializadas, en madera, acero y otros sistemas, los diseños son ad hoc. Lo que se repite es una forma de pensar: cómo se transportan los módulos, cómo se hace más eficiente el sistema y cómo se reduce el número de camiones, no una forma arquitectónica fija.

Fotografía: Rory Gardiner
T: ¿La experiencia de Casa Guadalupe ha influido en los proyectos que estáis desarrollando ahora?
EM: Sí, por las dos vías: nos han llamado por ese trabajo y también nos hemos sentido más seguros para abordar nuevos procesos. Estamos trabajando en viviendas industrializadas de madera y de acero, con diseños particulares para cada encargo. También estamos desarrollando un proyecto de viviendas en Murcia, en el que se iba a entregar el básico en las semanas siguientes a la entrevista.
La experiencia permite entender que el industrializador puede funcionar como una ingeniería del proceso: analiza el proyecto, propone sistemas, estudia los talleres disponibles y coordina distintos proveedores. No tiene por qué ser una única empresa que fabrique todo. Puede aglutinar una red de agentes y organizarla de forma semejante a como una constructora coordina los distintos oficios en una obra tradicional.
La conclusión es que hay que dejar de entender la industrialización como la fabricación de un producto y empezar a entenderla como la fabricación de un proceso. Una vivienda no es un objeto que se compra y se utiliza como un producto terminado; sigue siendo un organismo vivo, sujeto a decisiones, ajustes e incertidumbres. Profesionalizar y gestionar mejor los procesos puede reducir esas incertidumbres, pero no elimina la condición específica de cada proyecto.

Alzado norte. Ver ampliación

Fotografía: Rory Gardiner. En la zona de ducha, se cuida especialmente la impermeabilización en el pavimento con una lámina de GURU, para evitar el paso de humedad a las habitaciones contiguas.
T: ¿Qué problemas plantea la incorporación de tantos agentes técnicos y empresas al proceso?
EM: La industrialización introduce muchos actores que toman decisiones importantes: la empresa que hace la consultoría, el taller, los proveedores, los técnicos de estructura, la constructora que resuelve la parcela y los instaladores. Sin embargo, la legislación sigue contemplando de una forma bastante piramidal que el arquitecto sea el último responsable.
El industrializador puede dibujar los planos constructivos, hacer cálculos y definir sistemas, pero después esa documentación puede llegar al arquitecto para que la firme. Esto genera una desprotección importante, porque el arquitecto mantiene la responsabilidad final, aunque no haya tomado todas las decisiones ni haya ejecutado directamente todos los trabajos.
En Casa Guadalupe se hizo visible también en las instalaciones. La parte de la parcela —urbanización, cimentaciones e instalaciones enterradas— se contrató a una pequeña constructora, y el electricista que trabajó allí era distinto del que ejecutó la instalación de la casa. Cuando llegó el momento de firmar el boletín, ninguno quería asumir una instalación que no había realizado. La falta de ese documento impidió completar los trámites con la administración y retrasó la entrada de la propiedad.
El problema no es solo de una obra concreta. Afecta al visado, a la dirección de obra, a los certificados y a la definición de responsabilidades. El modelo tradicional supone una secuencia lineal: el arquitecto diseña y prescribe, la constructora ejecuta y la obra se entrega. En estos procesos, los agentes técnicos intervienen desde el principio y esa estructura legal todavía no se ha adaptado completamente.
Otro aspecto frágil es que entregas toda la obra a una sola entidad, el taller. Ha habido un Congreso de Industrialización organizado en Cuatrecasas en el que se tratado este asunto porque afecta mucho a la rentabilidad del sistema. En el congreso se habló de las primas de las aseguradoras por trabajar con un solo taller y el riesgo que eso supone, que en ocasiones sobrepasa la reducción en coste del propio sistema.
En este sentido estas empresas intermediarias, las industrializadoras, van a coger cada vez más importancia porque van a poder diversificar a los proveedores.

Fotografía: HANGHAR
Autoría: HANGHAR (Eduardo Mediero)
Localización: Gijón
Fotografías: Rory Gardiner
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Publicado: Sep 1, 2026